Serie - Construyendo mi sistema comercial en público · Parte 3
Hace algunos meses a mi esposa la buscaron para ofrecerle una vacante.
Lo chistoso es que ella ni andaba buscando empleo. Lleva un par de años dedicada de lleno a la crianza de nuestro hijo — fue algo que platicamos en su momento. Ella quería dedicarse de lleno a cuidarlo hasta que estuviera un poco más grande, que supiera defenderse y pudiera decir lo que le pasa en la escuela. En fin, ya sabes, el instinto de protección de madre.
La admiro un montón por eso. Pero hoy no vengo a hablarte de las mujeres que pausan su carrera — eso da para otro post, y uno bueno.
Vengo a contarte lo que pasó en esa entrevista, porque ahí hay algo que a ti te sirve para conseguir clientes.
Cuando la buscaron, ella ya tenía claro que no iba a aceptar nada. Aun así la animé a que le entrara al proceso.
“Ve, aunque no tengas intención de entrar. Entrenas el músculo de las entrevistas, que hace rato no lo usas, y de paso ves en cuánto te tabula el mercado hoy.” —le dije.
Aceptó. Y aquí empieza lo bueno.
Los días previos a la primera entrevista, durante la cena, revisamos cómo se iba a preparar. Y en lugar de ensayar respuestas para intentar caer bien —que es lo que hace todo mundo, seamos francos— hicimos otra cosa.
Le expliqué algo que a mí se me hace obvio y casi nadie ve:
“Cuando una empresa abre una vacante, es porque trae un problema que no ha podido resolver. A lo mejor están perdiendo clientes, dinero o quedando mal con alguien. Hay un dolor atrás de esa contratación, siempre lo hay.” —le dije.
Tratamos de intuir qué bronca traía la empresa.
Para el puesto que la buscaban —una coordinación de proyectos— nos imaginamos el clásico escenario de un project manager: áreas que no se hablan, proyectos que nadie sabe bien en qué estatus van, facturas que se quedan sin cobrar porque falta quién junte todo.
Y esto no me lo inventé yo de la nada. Ella ya había trabajado en ese rol en una firma de ingeniería, así que conocía el terreno por dentro. Yo le puse lo que entiendo de cómo funcionan los negocios, ella lo que ya había vivido en el puesto. Entre los dos armamos el rompecabezas.
No sabíamos si esto era cierto. No conocíamos la empresa, es más, ni siquiera es de mi industria. Lo intuimos cada quien con su experiencia.
Entonces le dije: olvídate de intentar venderles lo buena que eres. Mejor hazles ver que entiendes el desmadre que tienen y háblales directo de cómo les ayudarías a resolverlo.
Porque siendo francos, una entrevista de trabajo es teatro. Mucha actuación entre el reclutador y el candidato. Cada quien poniendo su mejor cara y siguiendo el guioncito de lo que se supone que deben decir.
Y es normal. Nadie en sus cinco sentidos va a confesar:
“Sí, la verdad soy medio distraído”.
“La verdad es que soy un poco irresponsable”.
“O la verdad, soy algo huevón”.
¡Claro que no! Todos ponen una cara bonita.
Y es lógico, a fin de cuentas así funciona esto. La bronca es que si todos los candidatos llegan a hacer exactamente lo mismo, te vuelves uno más del montón.
Pero cuando te sales de ese guion y les demuestras que entiendes la bronca que traen adentro, la dinámica cambia. Inmediatamente te ven diferente.
Para no hacerte el cuento largo: mi esposa pasó los primeros dos filtros hasta entrevistarse con el director comercial. Ella lo describía como un tipo con mucho porte, de esos ejecutivos que van directo al punto y te leen rápido. Se notaba que no era cualquier pendejo.
Y aquí está lo bueno. Como ella llegó con otra postura, el director bajó la guardia y soltó la sopa.
Traían un desmadre con el control de los proyectos. Le urgía alguien que simplemente llegara a resolver. Buscaba carácter, alguien proactiva a la que no le temblara la mano para poner orden y sacar la chamba.
El problema que ella iba a resolver, él se lo confesó solito.
Mi esposa pasó todos los filtros. Le hicieron la propuesta formal.
Y no la aceptó.
Cuando le preguntaron por qué, les dijo:
“Tengo un hijo de tres años y mi prioridad ahorita es él. Yo me encargo de su crianza, no tengo quién me lo cuide ni quién lo lleve a la escuela”.
Pum. Le armaron una contrapropuesta de medio tiempo con tal de no dejarla ir.
Tampoco la aceptó.
Decidió dejar pasar la oportunidad, pero dejando la puerta abierta para más adelante.
Fíjate bien en lo que pasó ahí.
Los mismos que se sentaron a evaluarla terminaron intentando convencerla para que se quedara. Se les volteó el juego por completo.
Y ella ni siquiera quería el trabajo.
Más allá de la anécdota, el punto es este.
El mercado siempre te está mandando señales. Sutilezas que te gritan el problema real de un negocio.
Una vacante es eso. Una confesión pública de que hay un desmadre ahí dentro.
Mi esposa leyó esa señal en una oferta de empleo. Tú puedes hacer lo mismo con tus prospectos: entender qué les duele y llegar a resolverlo.
Yo le llamo separar la señal del ruido.
Y esto no aplica solo con vacantes. Una ola de malas reseñas, un cliente quejándose en público, un área entera que de pronto se queda sin jefe. Una empresa siempre está soltando pistas. Solo hay que saber verlas.
Ahora, amigo coder, tú tienes una ventaja tremenda que casi nadie usa.
Tú no tienes que andar leyendo esas señales a mano, una por una. Puedes escribir código que las vigile por ti.
Un script que te avise cuando una empresa abre cierta vacante. Un bot que rastree las reseñas donde los clientes de alguien se están quejando. Una alerta cuando cambia un director.
Un radar, pues, para no andar adivinando.
Es justo lo que construí esta semana. Nada más que apunté el mismo radar a mi propia audiencia.
Me armé un código que lee las señales de mis propios lectores — de ti. Qué te prende, qué te aburre. Substack no me da esos datos fáciles, así que construí mi propia herramienta para extraerlos, y lo mejor es que ¡funciona!
Misma lógica, pero en código.
Si quieres ver el detras de camaras de este sistema y aprender a construir tus propios detectores de señales desde cero, te veo adentro de mi comunidad en Skool.



