Le estaban pagando por su mayor ventaja — y estaba a punto de regalarla
Sobre la Curva de la Sonrisa, los KAMs que quieren ser juniors, y por qué estás peleando en el terreno equivocado.
¿Alguna vez has estado tan metido en un problema que no te diste cuenta que la solución estaba frente a ti?
Esto fue lo que le pasó a un buen amigo.
Hace unos meses me llegó un mensaje en la comunidad Coders Comerciales.
Mi nuevo amigo lleva años trabajando como Key Account Manager en la industria farmacéutica. Para los que no conocen el término: un KAM es el cuate que maneja las relaciones con los clientes más importantes de una empresa. No es el típico vendedor que toca puertas frías — es quien negocia contratos de largo plazo, entra a las juntas donde se toman las decisiones, y sostiene relaciones con gente que no le da cita a cualquiera. Es un perfil que tarda años en construirse. En pocas palabras, no es cualquier pendejo.
Su mensaje era corto: “Guillermo, quiero hacer el salto al mundo del software. ¿Qué consejo me das?”
Acordamos una llamada esa misma tarde. Y en esa misma llamada entendí que el problema no era lo que él creía.
Empezó hablando despacio —como alguien que lleva tiempo cargando un lastre y aprendió a llevarlo sin quejarse—.
Me dijo que su trabajo se sentía como estar ciclado en una rueda: los mismos clientes, los mismos problemas que nadie quería resolver porque implicaba cambiar, y cambiar da miedo. Todos los días lo mismo. Levantarse, ir a la oficina, repetir. Sin nada nuevo. Sin nada que jalara hacia adelante.
Llevaba tiempo viendo cómo su industria se quedaba atrás: sin tecnología, sin procesos modernos, con la misma forma de operar de hace 15 años. Y lo más desgastante —según él— era tener que sostener relaciones con los mismos clientes, año tras año, sabiendo exactamente qué estaba fallando y sin poder hacer nada al respecto.
Entonces decidió que era hora de saltar. Que la industria del software era su siguiente gran reto.
Y ahí empezó el calvario.
Meses mandando solicitudes a Salesforce, MongoDB, Oracle y otras más — empresas donde su perfil en ventas debería haber abierto puertas. Silencio. Cuando eso no funcionó, su plan B fue bajar al fondo: aplicar como junior developer, empezar desde casi cero, buscar un socio técnico que compensara lo que creía que le faltaba. El mercado de juniors tampoco lo esperaba con los brazos abiertos — más candidatos, menos posiciones, empresas pidiendo experiencia para un rol de entrada. Otro callejón.
Me lo contó sin drama, pero yo sentía el peso en cada palabra.
Mientras lo escuchaba tomando notas, sentí algo que reconozco bien — esa mezcla de inquietud y ganas de pararle en seco con cariño.
Porque lo que me describía era alguien que llevaba meses enfocado en lo que le faltaba, sin ver un segundo lo que ya tenía.
Lo paré.
“Antes de seguir — cuéntame, ¿cuál sientes que es tu principal obstáculo en todo esto?”
Y ahí soltó lo que de verdad traía atorado durante meses. Me dijo que sentía que sin haber entregado proyectos reales en la industria, sin ese historial concreto que el mercado te pide, no tenía lugar ahí. Que quizás a su edad y con su background, ya era tarde. Que todos los caminos terminaban en callejón sin salida, y que la única forma de entrar era bajando sus expectativas y aceptando empezar desde abajo.
Créeme que eso duele escucharlo. No porque sea cierto — sino porque él lo creía completamente.
Le dije:
“Te voy a ser honesto.
Yo como nerd tecnológico —que me encanta el código— hace pocos años decidí diversificar mi skillset, masterando las ventas. Y créeme que para un perfil técnico como el mío, aprender a vender desde cero duele un huevo.
Cada rechazo, cada cambio en mi oferta, cada puerta cerrada.
Duele mucho porque al principio, si no tienes la dureza mental necesaria, te lo tomas personal.
Programar es difícil al principio — sí —, pero no se compara con tratar directamente con el mercado. Sorry mis amigos devs —y me echaré encima a más de uno por ello—, pero es la verdad.
Es más fácil escondernos detrás de nuestra PC resolviendo bugs o codificando que ser rechazado en tiempo real por los clientes.
No me malinterpretes, cada uno tiene su complejidad — esto te lo cuento desde mi perspectiva técnica.
Y para ti, vender es tu segunda naturaleza, porque lo has entrenado durante años en la trinchera.”
Mi amigo se quedó en silencio.
Pero no el silencio incómodo de quien no sabe qué decir. Era un silencio de quien está procesando algo que no esperaba escuchar.
Seguí: “Tienes una ventaja injusta bien cabrona que el programador no tiene. Y no te das cuenta porque llevas tanto tiempo con ella que la das por hecho.”
Le expliqué un concepto que le terminó por acomodar todas sus ideas de golpe.
Existe un modelo llamado la Curva de la Sonrisa —Smile Curve en inglés—. Lo popularizó el fundador de Acer, Stan Shih, cuando se cuestionó por qué ellos, manufacturando computadoras con muchísimo trabajo, apenas tenían utilidad — mientras que Apple o Microsoft generaban márgenes brutales haciendo menos manufactura y más estrategia y ventas.
La idea es más simple de lo que suena.
Imagina una U.
En el fondo de esa curva está la manufactura pura — el ensamble, lo que se puede replicar, lo que todo el mundo puede hacer con suficiente tiempo y recursos. Ahí el margen es mínimo, la competencia es brutal, y diferenciarse es casi imposible porque todos ofrecen básicamente lo mismo. Las empresas que solo fabrican están atrapadas en ese fondo, compitiendo por precio, sin manera de salir.
En los extremos de esa U es donde está el valor real. A la izquierda: innovación, diseño, estrategia — quien piensa qué construir y por qué. A la derecha: ventas, distribución, relación con el cliente.
“Ahora quiero que entiendas este modelo aplicado a la industria del software”, le dije.
Hoy escribir código se está moviendo justamente al fondo de esta curva. No porque programar sea fácil — sino porque cada vez es más accesible. La IA bajó la barrera de entrada. Hace diez años el valor diferencial estaba en saber generar código. Hoy eso ya no es suficiente — cualquiera con 20 USD puede contratar Claude Code y generar mejor código que un dev junior.
Pero eso no significa que el valor del software desapareció. Significa que el valor se está moviendo hacia los extremos: hacia quien sabe qué construir y por qué, y hacia quien sabe venderlo.
“Tú ya estás parado en el extremo derecho de esa curva. Llevas años en ventas B2B, leyendo clientes, sosteniendo relaciones, cerrando con tomadores de decisión. Eso es el extremo derecho. Y tu plan era bajarte al fondo a competir con juniors que llevan años ahí y que además no tienen que aprender desde cero.”
Otro silencio. Más largo esta vez.
Luego me dijo: “Es la primera vez que alguien me dice que puedo estar en esta industria sin tener que volverme dev de tiempo completo.”
Sonreí. Porque a mi amigo le estaba pasando algo real — no estaba recibiendo un consejo, estaba entendiendo el juego por primera vez. Y cuando eso ocurre en una conversación, uno lo siente. La energía cambia. Las preguntas cambian. Ya no son preguntas de alguien que busca permiso — son preguntas de alguien que está empezando a mover piezas.
Le dije algo simple: deja de prepararte para entrar y empieza a construir para vender.
No necesitas dominar un lenguaje. No necesitas una certificación. Necesitas un proyecto real, un problema concreto que ya conoces de tu industria, y la disciplina de documentar todo ese proceso en público. Eso es lo que atrae a los tomadores de decisión — no tu CV, sino verte construir en tiempo real.
Y para eso, ya tienes todo lo que necesitas.
Al final me dijo algo que se me quedó: “Guillermo, me volaste la cabeza. Traía mis preguntas y me las resolviste todas de una forma u otra.”
Y yo pensé: no te las resolví yo. Solo te mostré el tablero completo. Tú ya tenías las piezas — solo no las estabas contando.
Hoy mi nuevo amigo está construyendo su primer proyecto. Documentando. Tocando puertas con lo que ya sabe hacer mejor que la mayoría.
No entró por la puerta del junior. Entró por la puerta que siempre estuvo abierta — la que pocos ven porque están demasiado ocupados mirando la que está cerrada.
A él le sobraba el lado derecho de la curva y quería huir al izquierdo. A la mayoría de los devs nos pasa exactamente lo contrario: somos dueños del código y la manufactura, pero le huimos a las ventas y a la estrategia porque le tenemos terror al rechazo.
¿En qué parte de la curva estás compitiendo tú hoy?
Eso, precisamente, es lo que trabajamos en Coders Comerciales — ayudar a devs e ingenieros a ver el tablero completo, entender en qué extremo de la curva ya están parados, y moverse como consultores de alto calibre.
Viéndote en el espejo hoy — ¿estás atorado en la manufactura de codigo o ya estás construyendo hacia los extremos? Responde este correo y cuéntame en qué parte de la curva sientes que estás peleando hoy. Los leo todos.
— Guillermo


