Cómo reviví un grupo zombie (y lo convertí en una comunidad viva)
Reflexiones después de 60 días construyendo Coders Comerciales desde cero
A veces una comunidad empieza con muchas ganas… y termina en silencio absoluto.
Eso me pasó a mí.
Cuando abrí mi primer grupo de WhatsApp, allá por febrero de 2023, lo hice inspirado por una comunidad que me encanta: la de los PADs de Aarón Benítez. Lo que más me gustaba de ahí no era solo el contenido, sino que la gente proponía temas, se organizaba, y hasta armaban charlas espontáneamente.
Quise replicar algo así con mi propio enfoque, en el universo de devs.
Así que abrí un grupo con un nombre ambicioso: Programadores de Alto Rendimiento.
Mi idea era estar más cerca de los suscriptores de mi newsletter y que desde ahí surgieran conversaciones reales.
Spoiler: eso no pasó.
Un grupo sin alma (y una lección incómoda)
Subía audios, artículos, notas con buena intención… pero la participación era nula.
20 personas, máximo.
Silencio total.
Y eso duele, aunque no lo digas.
Me frustraba. Me daba pena abrir el chat y ver que nadie contestaba. O peor: que yo mismo llevaba semanas sin escribir nada.
A veces pensaba:
“¿Será que no les interesa? ¿Será que no soy claro? ¿Será que ya mejor lo cierro y me dejo de cosas?”
Y mientras tanto, el grupo se llenaba de polvo. Incluso llegaron bots o extraños que hacían spam. Había dejado el link abierto en mi web y eso fue una invitación al caos.
Era un grupo zombie. Y en el fondo, lo sabía.
El punto de quiebre
A finales de 2024, me senté a pensar qué quería construir con mi tiempo, mi energía y mi experiencia.
Reflexionando tome una decisión:
Voy a combinar mis tres pasiones —tecnología, ventas y potencial humano— para ayudar a devs y firmas de software a venderse mejor y conseguir proyectos recurrentes.
Con esa claridad, el grupo tenía que evolucionar.
Ya no era solo para “alto rendimiento”, ni para compartir contenido esporádico.
Era una oportunidad para construir una tribu real, con propósito.
Así que el 18 de enero de 2025 mandé un mensaje que marcó un antes y un después.
"Hola tribu, ¿cómo están? Guillermo Martínez por acá, pasando a saludarlos..."
Ese fue el arranque de un mensaje largo, honesto, directo. Les conté lo que venía pensando, el giro que le quería dar al grupo, y lo que quería construir junto con ellos:
Un espacio vivo.
Donde hablemos de ventas sin miedo.
Donde aprendamos a construir marca personal.
Donde haya sinergia, networking, proyectos.
Y sí: también encuentros presenciales.
No fue solo un cambio de tematica.
Fue un cambio de energía.
De dirección.
De intención.
El momento en que cobró vida
A finales de enero de 2025 di una conferencia en Monterrey que organicé con varios amigos.
Al terminar, lancé una invitación clara:
“Si te interesa aprender sobre ventas, emprendimiento y cómo aplicarlo al mundo tech, únete a este grupo de WhatsApp.”
Y pasó algo.
El grupo subió de 20 a 31 personas.
No era una avalancha, pero fue una señal.
Un "ok, hay gente escuchando".
Y esa chispa me bastó para tomarlo en serio.
Lo primero que hice fue presentarme de nuevo. No con un texto genérico, sino desde lo humano. Les conté quién era, por qué estaba relanzando el grupo y qué soñaba construir con ellos.
Después empecé a incentivar que cada persona hiciera lo mismo:
“Preséntate, cuéntanos qué haces, en qué estás, qué sueñas.”
Pequeño gesto, gran cambio.
Empecé a lanzar mini dinámicas: encuestas, reflexiones, artículos, pequeños retos.
Nada elaborado, pero sí constante.
Y la gente empezó a responder. A compartir. A mandar audios.
El grupo empezó a sentirse distinto.
En paralelo, empecé a operar de forma más abierta. Compartía en el grupo cosas que antes no mostraba: propuestas que me llegaban por LinkedIn, conversaciones reales con prospectos, pequeños avances. Nada espectacular, pero sí concreto. Y eso empezó a generar más atención, porque lo que yo recomendaba era lo que me generaba resultados, queria inspirar que mi tribu consiguiera lo mismo.
El nacimiento de las Charlas de Café ☕️

En ese proceso, surgió algo que me emocionó especialmente: me inventé el concepto de Charlas de Café.
No quería caer en el típico formato de “webinar con diapositivas”, donde uno se sienta en modo catedrático y los demás solo escuchan.
Sentía que eso ya estaba desgastado. Frío. Alejado de lo que yo quería provocar.
Necesitaba algo distinto. Algo más vivo.
Algo donde la gente no se sintiera espectadora, sino parte de la conversación.
Y ahí nació la idea: un espacio informal, tipo sobremesa, donde compartiéramos retos reales que estábamos enfrentando al vender, y soltáramos algunos hacks que habían funcionado.
Sin guion. Sin formalismos. Solo café, cámara encendida y ganas de hablar de lo que nadie habla en voz alta: cómo cuesta vender, y cómo lo estamos resolviendo.
Cada lunes lanzaba una nueva charla.
Y poco a poco, las personas empezaron a participar, a contar sus casos, a mandar mensajes después con ideas o reflexiones.
No era una solo clase. Era una tribu conversando.

La pausa
Durante las primeras semanas, la comunidad se sentía con energía. Las dinámicas fluían, las Charlas de Café conectaban, la gente participaba.
Todo iba avanzando con fuerza.
Pero después vino algo que no esperaba tan pronto: una sensación de estancamiento.
No era que el grupo se apagara… era más una pregunta que empezó a rondarme:
“¿Y ahora qué sigue?”
Empecé a darle vueltas al rumbo. Se me ocurrieron ideas para “institucionalizar” el grupo: recompensas, procesos, directorios, automatizaciones…
Una lista larga que sonaba bien, pero no sabía si era necesaria.
Y lo quería aplicar todo.
Solo.
Sin preguntar, sin escuchar.
Simplemente ejecutar lo que yo creía que era mejor.
Estaba actuando desde la idea de que yo debía definir todo.
Y ni siquiera lo había conversado con la tribu.
Por suerte, antes de avanzar, empecé a pedir consejo.
Hablé con gente que está en la trinchera de los negocios.
Escuché otras perspectivas.
Uno de ellos fue Andrés Amaya, que me prestó el libro Get Together.
Al leerlo, varias cosas que ya venía haciendo me hicieron sentido: tener clara la audiencia, el propósito, mantener una comunicación cercana.
Pero también me mostró con más claridad lo que estaba por hacer mal.
En una parte, el libro dice algo muy simple pero certero:
“Construye tu comunidad con las personas, no para ellas.”
Y ahí me cayó el veinte.
Yo ya estaba por aplicar una lista entera sin haber preguntado nada.
Actuando solo, desde una lógica de “yo sé lo que necesitan”.
No lo hice.
Puse pausa.
Escuché.
Y decidí construir más despacio, pero con ellos.
Más allá de la pantalla
Una verdadera tribu no debería existir solo detrás de una pantalla.
No hay app que reemplace una buena conversación cara a cara.
Mirar a alguien a los ojos, compartir dudas, avanzar juntos… eso no se puede replicar del todo en digital.
Con eso en mente, quiero llevar la comunidad al mundo real.
Pero no me interesa organizar conferencias donde todos escuchan pasivamente y al día siguiente todo en tu vida sigue igual.
Tampoco quiero otro workshop lleno de teoría que nunca se implementa.
Estoy diseñando algo más simple y más útil:
microeventos mensuales donde el foco sea ejecutar.
Cada mes, elegimos un reto comercial concreto —uno de esos que sabes que tienes pendiente pero no haces— y nos reunimos para resolverlo, juntos.
Prospectar.
Publicar contenidos.
Diseñar tu oferta.
Mandar esa propuesta.
Tener esa conversación que llevas aplazando semanas.
A esto lo llamé El Empujón Comercial.
La idea me vino después de ver cómo el WCU Crew se reunía para correr maratones.
No por ser atletas.
Sino por hacerlo en grupo.
Por avanzar acompañados.
Así nosotros.
El empujón no es magia.
Es ejecutar lo que ya sabes que tienes que hacer.
Pero hacerlo con otros.
En tribu.
Mantente al pendiente. Te va a gustar mucho.

¿Que sigue?
No tengo todas las respuestas, ni un sistema perfecto.
Pero sí tengo claro algo:
prefiero equivocarme construyendo con otros, que quedarme esperando a que todo esté listo para empezar.
Si algo de lo que leíste te resonó, ya sabes dónde encontrarme.
Nos seguimos leyendo.
Y ojalá, también conversando en persona.
Guillermo




Amigo, te puedo decir que crear una comunidad es algo complejo, muy complejo; no sólo necesita habilidad técnica, si no liderazgo, comunicación, interés, recursos.
En la vida creo que he intentado hacerlo un par de veces y jamás jalo fuera de un grupo de 5 personas; por eso es tan valioso esto que haces.